Son los días grises y desapacibles.
Metáfora pertinaz para un alma que, quise
y no pude, guardar del dolor.
No veo el sol desde que postrado, luchas lejos
muy lejos de aquí, en combate desigual y solitario.
Oprimo mis labios, aprieto los puños hasta hacerme sangre.
Contengo las lágrimas. Te llamo y no llegas.
Desesperanza e incertidumbre repiquetean en el tejado
al son de las impertinentes gotas de esta lluvia zafia y tramposa.
Llegarán los días de sol- me digo-. Y si no llegan, esta vez quizá
sí que llueva eternamente. Y entonces ya no habrá salvación.