Son los días grises y desapacibles.
Metáfora pertinaz para un alma que, quise
y no pude, guardar del dolor.
No veo el sol desde que postrado, luchas lejos
muy lejos de aquí, en combate desigual y solitario.
Oprimo mis labios, aprieto los puños hasta hacerme sangre.
Contengo las lágrimas. Te llamo y no llegas.
Desesperanza e incertidumbre repiquetean en el tejado
al son de las impertinentes gotas de esta lluvia zafia y tramposa.
Llegarán los días de sol- me digo-. Y si no llegan, esta vez quizá
sí que llueva eternamente. Y entonces ya no habrá salvación.
1 comentario:
La lluvia eterna, la no salvación, no se... qué palabras más grandes usas.
Sólo puedo decir que la lluvia no será eterna, que la luz volverá, pero esa luz no necesariamente traerá salvación. Ahora por lo menos contamos con gotitas compañeras que reflejan nuestros rostros en el cristal.
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